Olé por el café

Antes no me gustaba el café. Ni su sabor ni su aroma. Pero cuanto más he entrenado mi olfato como aprendiz de perfumista, más he empezado a descubrir algo fascinante: el café no huele solo a “café”. Huele a tostado, a cacao, a madera, a frutos secos… Y dependiendo del tueste y el origen, puede oler incluso afrutado, floral o ligeramente especiado. Hoy me lo tomo solo. No por la cafeína. Sino para apreciar todos sus matices.

Desde el punto de vista técnico, el aroma del café es uno de los más complejos que existen en productos naturales. Contiene más de 800 compuestos volátiles identificados. Algunos de los más importantes son: Furanos → responsables de notas tostadas y caramelizadas. Pirazinas → aportan matices a frutos secos, tierra y cacao. Aldehídos y cetonas → pueden dar facetas afrutadas y verdes. Guayacol y derivados fenólicos → aportan carácter ahumado. Y esta riqueza aromática es precisamente lo que ha inspirado a muchas casas de perfumería nicho a crear fragancias gourmand con café como protagonista.

Un ejemplo icónico es Black Opium, que popularizó el acorde café dulce y adictivo en la perfumería contemporánea. En un registro más intenso y oscuro encontramos Intense Café, donde el café se mezcla con rosa y vainilla creando un contraste cremoso y envolvente. El café en perfumería puede ser tostado y seco… o dulce, licoroso y casi comestible. Eso es lo que define muchas fragancias gourmand: construcciones que evocan sabores y texturas familiares, pero reinterpretadas desde la perfumería artística. Y cuando entrenas el olfato, dejas de oler “café” y empiezas a oler sus capas.

Esto me recuerda que educar el olfato es aprender a descomponer un aroma en sus partes. Lo cual no sólo es esencial para ser perfumista, es esencial para ampliar al máximo la experiencia.

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